“La inteligencia emocional” es, en su deformación por la cultura popular, una forma de validar la propia ignorancia y una especie de licencia para adoptar juicios en la medida deque ellos nos sean aceptables emocionalmente. “La inteligencia emocional” así entrecomillada y popular no es otra cosa que la santificación del prejuicio, porque un juicio de la realidad, basado en las meras simpatías o antipatías no es otra cosa que un prejuicio.

“La inteligencia emocional es la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos, y la habilidad para manejarlos. El término fue popularizado por Daniel Goleman, con su célebre libro: Emotional Intelligence, publicado el 20 de enero de 1995. Goleman estima que la inteligencia emocional se puede organizar en cinco capacidades: conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación, y gestionar las relaciones.” Wikipedia

Este interesante concepto, que cuenta con antecedentes desde el propio Darwin en adelante y que fue el resultado de la más exhaustiva investigación científica, por alguna razón se transformó en algo sumamente distinto para la cultura popular: la gente creyó que este libro era la autorización para dejarse guiar por las propias emociones y –esta ha sido mi propia experiencia personal, que tanto se valora en estos día –una definición cualquiera, bien acotada y presentada con propiedad es recibida como una aserción racionalista y decimonónica y “poco inteligente emocionalmente”.

He llegado a la convicción profunda de que muchas personas compraron el libro, pero no lo leyeron o de que lo leyeron y no lo entendieron. La tesis de Coleman en ningún momento dice que pueda argumentarse en base a las emociones en discusiones o debates científicos o filosóficos. La inteligencia emocional es una inteligencia relacional, es decir una forma de “conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación, y gestionar las relaciones” y no un sustituto del razonamiento, especialmente en áreas como la Ciencia o la Filosofía.

“La inteligencia emocional” es, en su deformación por la cultura popular, una forma de validar la propia ignorancia y una especie de licencia para adoptar juicios en la medida de que ellos nos sean aceptables emocionalmente. “La inteligencia emocional” así entrecomillada y popular no es otra cosa que la santificación del prejuicio, porque un juicio de la realidad, basado en las meras simpatías o antipatías no es otra cosa que un prejuicio.

Un prejuicio, entendido como una convicción sin evidencias a la cual se le tiene un tremendo apego emocional, no es algo bueno. Durante años se pensó que la gente de color era inferior por un mero prejuicio, diversas formas de actividad sexual perfectamente lícita fueron consideradas pecaminosas por una cuestión estrictamente de prejuicios. Las personas zurdas eran consideradas endemoniadas también por un mero prejuicio. En medicina, llego a hacerse sangrar a una persona porque era bueno para su salud; sé que a ninguno de mis lectores le habrán practicado una sangría. Eso era antes de que la medicina adoptara el método científico, cuando ninguno de nosotros había nacido.

El razonamiento filosófico, por una parte y el método científico por otra, han sido las únicas garantías contra el prejuicio. El avance de una sociedad puede incluso llegar a entenderse como una escalada en el derribo de los prejuicios: cuantos menos prejuicios estén vigentes en una sociedad, mejor será la calidad de vida de sus miembros.

Es por ello que la actual tendencia a sacralizar cualquier opinión personal por el solo hecho de que es “mi opinión” es una tendencia perversa. El respeto por las creencias y opiniones, muchas veces no es más que el respeto por los propios prejuicios. De hecho, no son las opiniones las que merecen respeto, sino las personas que las sustentan. Una opinión merece siempre dudas y todo opinante debe estar dispuesto a que sus opiniones se cuestionen con razonamientos apropiados y con evidencias.  Lo contrario, además de ser peligroso, denota una falta de inteligencia emocional.

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