Hace algún tiempo vimos la película Borat, en la que Sacha Baron Cohen, el polémico comediante británico, interpretaba a un periodista de Kasajastán que da una ingenua y fenomenológica mirada a la vida norteamericana. La idea no es de él, sino de Montesquieu quien creó a un cronista extranjero en sus célebres Cartas Persas, por lo que me siento con el derecho de usar esta idea de dominio público, además de que en mi caso no es ficción.
Realmente el mundo desarrollado es otra cosa. No voy a aburrirles con los comentarios de un oriundo del fin del mundo que pueden identificar en cualquiera de mis compatriotas y que ya se han hecho muchas veces: aquí las cosas funcionan, la desigualdad no es tan escandalosa y no existen muchos de los problemas a los que uno se ha acostumbrado.
La gran mayoría de los ciudadanos son por ello políticamente indiferentes. Tienen acceso al consumo y consumen de una manera increíble. No sé cómo conjugar el verbo reparar en inglés, creo que nadie lo sabe. Las únicas reparaciones que he presenciado son aquellas que hizo el conserje del edificio en nuestro departamento y él es hispano. Acá todo se renueva, se valora más el tiempo que el dinero. En las increíblemente limpias calles no se aprecia ningún grafiti, salvo en barrios que adivino no demasiado buenos y digo adivino, porque no se ven diferencias tan abismales como las que se ven en mi país.
Un cartel me saludó cuando llegamos. Estaba puesto en diversos lugares estratégico e invitaba a una manifestación en contra de la guerra y pedía la salida de las tropas de Afganistán. No pudimos ir a ver si convocaron demasiada gente o no. Había sido el día antes de que llegáramos, no habíamos tenido demasiado tiempo de ver las noticias y nuestro acceso a internet aún es limitado y principalmente utilitario.
Pero no debemos engañarnos. Toda esta aparente equidad que puede observarse por estas tierras no es sino el resultado de una inequidad mayor que aquella que existe entre las personas de una nación: la inequidad entre las naciones. El ciudadano promedio de este país consume a destajo las mercancías que se fabrican en oriente en un régimen que cuesta distinguir de la esclavitud y de esa forma se garantiza que se puedan cobrar los márgenes e impuestos que mantienen la economía local…
Con todo lo anterior, sin embargo, me pregunto qué derecho tiene un extranjero de juzgar a un país que cuida a los suyos mejor de lo que lo hace el país de origen y que al menos intenta mantener un grado de equidad entre sus propios ciudadanos. Cierto es que pese a su actitud de sheriff del mundo deja que todos los demás se pudran o los somete a sus propios intereses, pero al menos aquí no hay una élite que haga lo mismo con sus propios compatriotas porque se crea mejor que ellos, y si la hay, al menos no tiene el mismo descaro que dejé atrás en mi propio Chile, en donde las diferencias son demasiado abismales como para que las cite en números.
Todavía no tenemos social security number, que es la marca de la bestia sin la cual no se puede trabajar, comprar ni vender en este lugar. Es cuestión de tiempo hasta que la tengamos, tiempo que usaremos para adaptarnos y reflexionar acerca de las ventajas y desventajas de vivir aquí y sobre las demás cosas sobre las que siempre reflexionamos…





El resultado, desde una perspectiva vulgarmente empírica, es el filisteo histórico-estético de la cultura, disertador de lo viejo y de lo nuevo que divaga sobre el Estado, la Iglesia, el arte, sensorium de mil sensaciones de segunda mano, estómago insaciable que no sabe qué es verdadera hambre y qué es verdadera sed. F. Nietzche
No ha sido suficiente con sufrir un terremoto de proporciones apocalípticas; no ha sido suficiente con todos los muertos, damnificados, saqueadores ni con que al gobierno de la Concertación le cuesta sacar a los militares a la calle incluso cuando es justo, necesario y hasta obvio. Encima tenemos que tener una Teletón en la que toda la basura que se ve por la televisión reclama de la tragedia un sentido más profundo y humano que, como es habitual, no tiene.
Hace muchísimos años que dejé de ver televisión abierta, e incluso veo poca televisión por cable. Me mantengo informado gracias a la red y uno que otro diario que todavía leo sin irritarme, sin embargo, con esto del terremoto, se asoma uno a la televisión para ver qué está ocurriendo en las zonas más afectadas del país y ver si uno puede acaso ayudar en algo.
Un terremoto no tiene nada de bueno. Por mucho que afloren las mejores características de muchas personas tales como bomberos, policías, autoridades y gente en general. Un terremoto es en el mejor de los casos un inconveniente y en el peor una tragedia irreparable. Habrá quienes vean oportunidades en esta clase de shocks, pero ello simplemente no altera el carácter trágico de los acontecimientos.