Este domingo millones de chilenos pondrán sus esperanzas en alguno de los cuatro hombres que se disputan la presidencia. Otros iremos y cumpliremos nuestro deber marcando una raya que exprese nuestra preferencia pero, igual de escépticos que ahora, esperamos que nada cambie demasiado. No. No les diré por quien voto porque no formo parte de ningún comando y porque tampoco ninguno de ellos me convence. Todos sin excepción son un mal y Frei no es necesariamente el menor… ese título está muy peleado.
¿Realmente alguno de estos cuatro caballeros será capaz de conducirnos por la senda que nos lleve al desarrollo? No lo creo, pero para ser justo debo decir que tampoco aparece que ello sea exclusiva responsabilidad de ellos. Una nación que no reconoce el derecho de todos sus ciudadanos a una igualdad en principio, sencillamente no puede transformarse en una nación desarrollada. Ahora los rostros de los candidatos llenan las calles de sonrisas, los ministros de Estado, ya sea de frente o de medio lado, tratan de aparecer amables ante las masas para que la misteriosa aprobación a Bachelet se traspase a Frei… pero acabada la cena, volverán a ser los personeros indiferentes que se excusan diciendo que el dinero no alcanza y que los misteriosos índices macroeconómicos son más importantes que las personas.
Pero por hora salen sonriendo y lloriqueando en la franja que confieso que he tratado de ver, pero que ha terminado por superarme. La moda es mostrarse humanos, emocionales, femeninos tal vez porque a la presidenta le resultó eso la vez pasada, pero ha de haber sido porque es mujer. Hablan ante la cámara con gente común, con gente así sencilla como es uno o se supone que es uno y nos prometen soluciones a todos nuestros problemas. Pero el principal problema es que ellos no entienden nuestros problemas, porque ellos moran en un mundo completamente diferente del nuestro. Un mundo en el que nosotros somos algo así como piezas de ajedrez.
Pero sería completamente injusto echarles toda la culpa a ellos. Vivimos en un país estamental en donde la gente se “ubica” en donde le corresponde y la aspiración principal es la de poder mirar al prójimo por encima del hombro. No nos hemos dado cuenta de que la suerte de uno depende en última instancia de la de todos, que aquellos muchachos criados en la calle y con doctorado criminal a los once años son los que harán peligrosas las calles para nuestras hijas en el futuro y que ellos nacen de la precariedad, la privación, la promiscuidad y la reproducción indiscriminada por la ausencia de una política clara de contracepción.
La insatisfacción constante no es buena, no puede serlo. La vida se transforma en una constante competencia con el vecino por demostrar quién tiene más a costa de un endeudamiento peligroso que requiere de horas extraordinarias que sólo deja un pequeño espacio de tiempo para compartir con la familia, un tiempo llamado casi irónicamente “de calidad” y que consiste en llenarlos de grasas saturadas y azúcares en un Macdonald’s, mientras el estrés por cumplir con las deudas y por el trabajo inestable causa aún más estragos que la comida chatarra en corazones, arterias, cerebros y almas ¡y estoy hablando de una clase media casi privilegiada! La misma clase que todavía pone sus expectativas en estos señores candidatos que la desprecian ya sea porque los intelectuales los encuentran vanos y superficiales y los “cuicos” de origen, patrones de pura cepa latifundista y hacendada, unos arribistas desubicados.
Puedo notar esto en lo ramplón de la franja, en las sonrisas estereotipadas de los innumerables retratos de las calles. En ellos no hay ningún respeto por la inteligencia ni por el buen gusto. Se supone que sea una propaganda funcional –y mucho me temo que sí lo sea. Esto revela que los candidatos creen que ni la inteligencia ni el buen gusto son cualidades a las que se pueda acudir en sus potenciales electores. Explotan anhelos, inseguridades y pulsiones inconscientes como cualquier desodorante barato. Ningún cartel argumenta nada y sospecho que el candidato que realmente lo hiciera perdería.
En fin, cualquier cosa que ocurra el domingo será una sorpresa de algún modo, ya sea que la Concertación por fin sea relevada después de veinte años o, igualmente sorprendente, que aguante un período más. El domingo marcaré una raya en donde yo crea realmente que el mal es menor, pero sin ninguna pasión, ninguna gana ni ninguna esperanza y si es que la ira no me lleva a un acto de extrema generosidad que le de mi voto a todos los candidatos, como para las elecciones municipales. Pero iré y alguna marca le haré a la papeleta por cumplir con esto de la democracia que, a pesar de todo, sigue siendo menos mala que cualquier otro sistema.
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La razón y la ciencia han fallado, o al menos eso es lo que mucha gente afirma, buscando cualquier forma de camino alternativo que les re encante el mundo o que les solucione sus problemas. Atrás quedó la época en que nos encantamos con los prodigios de Thomas Edison o las audacias de los hermanos Wright. Nada nos impresiona ahora. Muchos quieren volver a aquello ancestral, a ese mundo antiguo que parecía lleno de magia, que estaba lleno de magia.
La intuición y las analogías son las primeras formas que tenemos de entender el mundo. La tierra era plana y esto era evidente… hasta una observación más detenida debidamente relacionada. Cuando nos volvimos artífices debimos entender en parte como funcionaba la Naturaleza, que se reveló como un mecanismo más perfecto que cualquiera que hayamos podido construir hasta ahora. Los mecanismos requieren un artífice, luego, por analogía, la naturaleza con toda su perfección debía de tener uno. Un diseñador inteligente, sumamente inteligente, mucho más inteligente que nosotros: divino. Sin embargo, cuando la teoría de la evolución develó que las formas complejas provenían de formas simples, la idea de un creador inteligente y divino también se echó por tierra… o eso debiera de haber ocurrido.
“Deja de pelearte con los cristianos” “¿qué te cuesta dejarlos que crean lo que quieran?” Muchos amigos míos y personas de la red me preguntan por qué siento la necesidad de pelearme con los creyentes cada tanto. Entonces les recuerdo que hace poco casi me instalan un papa de trece metros aquí al lado de mi casa, que casi prohíben la píldora del día después, que fuimos uno de los últimos países en tener una ley de divorcio, que el aborto terapéutico es ilegal en Chile y que el matrimonio homosexual es imposible por ahora.
Esta semana cumplo 39 años. Las probabilidades de ser admitido entre los intelectuales serios de mi país disminuyen a cada momento. No tengo la posibilidad de acercarme a los lobbies de la izquierda debido a que por una lealtad malentendida guardé silencio demasiado tiempo respecto de los derechos humanos: la familia estaba comprometida con la dictadura de Pinochet. No se trataba de una simple cuestión de principios –sí sé que no es excusa, pero es lo que hay. La derecha casi no tiene intelectuales y los pocos que tiene son creyentes, cosa que es imposible que yo sea. Yo no soy un abogado, yo pretendo ser un filósofo y un escritor y a veces hasta me lo creo. No tengo la habilidad ni el descaro para defender una causa en la que no creo.
“No creo que exista un delito tan infinito que merezca una pena infinita…”

